El colchón de la recámara familiar era firme y cómodo. Ayudaba con la sensación de estar nuevamente expuesta. León tenía el control, me colocó sobre mis rodillas, con las manos apoyadas contra las sábanas, mi espalda arqueada, la posición le ofrecía a él mi cuerpo sin palabras. Podía ver su mirada recorriendo mi cuerpo desde el espejo del techo, estudiando cada una de mis curvas y los estremecimientos involuntarios que delataba mi vulnerabilidad junto a mi propio deseo.
Su toque era deliberado,