Roman, Leon y Sergei permanecían en la sombra, observándonos con atención. No intervinieron, pero la expectación en sus rostros era evidente. Pavel no mostró arrepentimiento alguno.
—Es tu culpa que nos obsesionamos contigo —admitió Pavel con crudeza—. Desde el momento en que te presentaste en la reunión, supimos que te tendríamos, que no íbamos a dejar que otro clan te reclamara.
Intenté separarme de ellos, pero el placer aún me mantenía atrapada. Cada movimiento hacía que sus cuerpos volviera