Las manos de Anna temblaban mientras empuñaba la pequeña pistola que Nikolai le había dado. El metal frío se sentía como un peso de mil toneladas que la arrastraba al fondo del océano. En su oído, la voz de Ross volvió a resonar, aguda y despiadada.
—Treinta segundos, Anna. Si no lo llevas al punto de extracción en la bóveda del sótano en treinta segundos, liberaremos gas nervioso por toda la tubería. Ya sabes lo que eso significa para ambos.
Anna miró la ancha espalda de Nikolai mientras él