Vadim inhaló entrecortadamente, como si el oxígeno dentro del lujoso salón se hubiera agotado de repente. Con las manos aún temblando ligeramente, tomó la pluma Montblanc con acabados en oro que estaba sobre la mesa. Sus ojos recorrieron con dureza las hojas de papel frente a él y luego se posaron brevemente en Nikolai, quien permanecía de pie como una estatua de hielo inamovible.
Los trazos de tinta negra finalmente fluyeron, estampando una firma válida sobre el sello diplomático. El sonido