En la espaciosa habitación de invitados del ala oeste, que se sentía tan fría como un museo, Amelia y Nathalie arrojaron sus bolsos de diseñador sobre el sofá de terciopelo con brusquedad. La pesada puerta de roble estaba firmemente cerrada, dándoles espacio para dar rienda suelta a la rabia que las había estado asfixiando.
Amelia caminaba de un lado a otro, y el taconeo de sus zapatos golpeaba el suelo de mármol con un ritmo agudo y agitado. Su respiración era entrecortada, mientras Nathali