El viaje a San Petersburgo comenzó desde un andén privado en la estación Leningradsky, donde esperaba un tren de color negro azabache con el escudo dorado de la familia Volkov. El tren no era simplemente un medio de transporte; era un palacio rodante que combinaba la tecnología moderna con la opulencia de la era zarista. En su interior, las paredes estaban revestidas de caoba pulida con un brillo de espejo, pequeñas lámparas de cristal se balanceaban suavemente al ritmo de las vías y espesas a