Nikolai se bajó el gorro que llevaba puesto para calentarse las orejas, las cuales sentía congeladas por la mañana húmeda y fría en la mansión Harrington. Había salido temprano para explorar la propiedad, impulsado por una creciente curiosidad. Una fina niebla colgaba entre los árboles, cuyas hojas tenían tonos cobrizos y resplandecientes. La hierba estaba resbaladiza por la lluvia de la noche anterior y el rocío matutino. El chirrido de los pájaros era el único tema en el silencio de la mañana. Nikolai no recordaba la última vez que había disfrutado de una mañana así. Desde que asumió el liderazgo de la Bratva en Nueva York, había pasado la mayor parte de su tiempo viajando a grandes ciudades, rodeado de rascacielos.
La solemne atmósfera matutina le recordaba a su antiguo entorno en San Petersburgo, las hojas amarillentas de los abedules en invierno y los pinos de color verde oscuro. Cuando estaba en medio del bosque, sentía una paz profunda, entablando amistad únicamente con el so