La puerta del comedor se abrió con un golpe suave pero firme. Ivan Volkov entró, todavía vistiendo una chaqueta de cuero negro que traía consigo el aroma del asfalto y el aire marino del sudeste asiático. Su rostro parecía más delgado y sus ojos afilados recorrieron la habitación con una vigilancia que nunca desaparecía, ni siquiera en su propio hogar.
—Singapur es muy caluroso, pero no tanto como el aroma a traición que llega hasta el puerto —la voz de Ivan era pesada y fría, un saludo que h