La noche en San Petersburgo se sentía asfixiante. Tras el banquete en el invernadero que le había destrozado el corazón, Anna regresó a su pequeña habitación en el ala oeste. No podía dormir; la imagen de Nikolai sonriendo a Sofia y la mano de esa mujer acariciando el cabello de Leo se repetían como un disco rayado en su mente.
Sin embargo, el silencio se rompió cuando llamaron a su puerta con fuerza. Dos hombres de Nikolai estaban allí con rostros inexpresivos.
—El señor Volkov la espera en