La pálida luz del sol invernal se filtraba a través de los altos ventanales del comedor principal de la Mansión Volkov, reflejándose en la platería perfectamente dispuesta y en la porcelana de Meissen. El aire dentro de la habitación se sentía seco, pesado por una tensión invisible.
Anna estaba de pie en un rincón, cerca del aparador de caoba, sus manos moviéndose con una precisión aterradora mientras recortaba los tallos de las rosas blancas y las disponía en un jarrón de cristal. Vestía un