La Mansión Volkov nunca dormía, pero poseía rincones muertos. En el vasto jardín trasero, donde hileras de estatuas de mármol griego se erguían rígidas envueltas en nieve, Anna encontró el único lugar donde no se sentía como un insecto bajo un microscopio. Se sentó apoyada contra la pared fría, detrás de los escalones de granito que conducían al pabellón inferior, oculta por las sombras de los enormes pilares.
Su aliento formaba nubes blancas en el gélido aire nocturno. No había regresado a l