La Mansión Volkov, en las afueras de San Petersburgo, se alzaba imponente como una fortaleza de piedra impenetrable, cubierta por una gruesa capa de nieve que la hacía parecer un palacio sacado de un oscuro cuento de hadas. Para Leo, que durante siete años solo había conocido los techos bajos de un apartamento en Vasilyevsky y el olor húmedo de pasillos estrechos, aquel lugar era un milagro. Pero para Anna, cada pilar de mármol y cada portón de hierro que se cerraba con estrépito detrás de ello