Habían pasado siete meses desde la arcilla de Estoril. Siete meses en los que Ramiro había escalado el ranking con la misma ferocidad con la que había conquistado los picos nevados de los Alpes. La promesa que se había hecho a sí mismo estaba cumplida: no era solo un sobreviviente, era el número uno del mundo.
El tenis se había convertido en su cortina de hierro. De Estoril pasó a la gira de verano en Norteamérica, a la temporada asiática, y luego a un triunfo rotundo en el Grand Slam de Austra