La noche había envuelto el departamento de Aura en un silencio denso y familiar. Se había disipado el torbellino de emociones de la tarde: el regreso a casa, la alegría desbordante y casi febril de Lía y la meticulosa logística del regreso. Ahora, la casa solo albergaba una profunda y acogedora quietud, una que se sentía como una promesa.
Aura estaba sentada en el borde de su amplia cama, el colchón de plumas cediendo suavemente bajo su peso. La pesada bota ortopédica, su compañera obligada, de