Capítulo 28. Los Testigos
Valeria
El muelle todavía me arde en la piel. El olor a pólvora, a sangre y a sal se me incrustó en la garganta como humo que no se va. Dante me miró a los ojos en medio de aquel cementerio y me dejó vivir. No porque me crea inocente, sino porque sabe que un testigo vivo duele más que un cadáver olvidado.
Enzo me escoltó hasta el auto como si yo fuera prisionera. Ni una palabra, solo su respiración contenida y el eco de mis tacones sobre la madera húmeda. Detrás quedaba el rugido de los disparo