Capítulo 27. Las Jugadas Sangrientas
Dante
El muelle respira como un animal herido. El olor a óxido y sal se mezcla con el de la madera húmeda, y cada farol parpadea como si temiera iluminar demasiado.
Las cajas están ahí, apiladas y marcadas con la firma de Alessia: su nombre convertido en trampa. Una burla. Una amenaza. Una provocación que no pienso dejar pasar.
—Todos atentos —ordeno, mientras mis hombres se dispersan. Enzo toma el flanco derecho, Raffaele el izquierdo. Yo avanzo al frente, directo al corazón de la trampa.
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