Capítulo 100. La noche del fuego
Alessia
La ciudad parece un animal dormido cuando salimos del último foco. El vidrio del coche recoge trozos de neón como escamas, y cada semáforo en ámbar nos concede una tregua. No hablamos. Él conduce con esa serenidad tensa de quien ya no espera emboscadas, pero no olvida el mapa.
Yo sostengo su mano sobre la palanca como si fuera un amuleto tibio. La alianza toca la mía y hace un sonido pequeño, metálico, que me confirma lo esencial: estamos aquí, estamos vivos, estamos juntos.
En la casa