Celeste.
La habitación estaba tranquila, envuelta en una paz que no se sentía forzada, sólo inevitable. Me encontraba sola, acostada en la suave cama matrimonial donde dormía con Kael.
Había aprendido a convivir con la constante vigilancia, incluso a esa hora de la mañana tenía guardias tras la puerta, cuidando cada uno de mis movimientos.
No me molestaba ni me sentía prisionera. Solo era una precaución necesaria, porque nuestro mayor enemigo apuntaba a mí…
Deslicé los dedos sobre mi vientre