Kael.
Mi pierna no dejaba de moverse.
Golpeaba el suelo con un ritmo rápido, casi frenético, incapaz de quedarse quieta. Estaba sentado en un tronco a unos metros del campo donde mi luna se enfrentaba a dos de los monstruos más ruines que alguna vez la devoraron desde adentro: Luther y Elise.
Y no podía hacer nada.
Había hecho una promesa. Le juré que no intervendría. Que le daría ese derecho porque esta batalla era suya.
Pero ver… verla sangrar, ver su rostro torcerse en dolor, y presenciar c