Celeste.
La ira me nublaba los pensamientos. Iba más allá del calor en la sangre o la fuerza en mis brazos; era un silencio interior, un rugido contenido que latía en mis venas como fuego. Mis pasos eran lentos, pesados, pero certeros. Apenas hacía ruido al caminar. La espada pesaba como un recuerdo demasiado antiguo.
Luther estaba de espaldas.
Sus manos temblaban sobre los hombros de Elise, que ya empezaba a calmarse después de que Luther agarrara un poco de agua del lago y limpiara sus ojos.