Celeste.
El rugido de Luther fue lo único que escuché antes de lanzarme contra él.
Mis patas martillaban la tierra con un ritmo implacable. Sentía el crujido de mis huesos bien sostenidos, mis músculos tensos, y mi respiración controlada. El mundo desapareció.
Sólo existíamos él y yo en ese momento. Una lucha que decidiría nuestro futuro, y ya yo sabía que iba a salir ganando.
—¡Te tengo! —dije—. ¡Acabaré contigo como lo hiciste con mi madre, imbécil!
Mi primer salto fue preciso. A la medida