William me llevó adentro con una calma que parecía calculada. Ordenó a su mayordomo que preparara la habitación de invitados para mí, como si todo estuviera bajo control. Me ofreció ropa cómoda para dormir y me dejó ducharme, un gesto que, aunque amable, no logró aliviar la sensación de extrañeza que me envolvía.
Mientras el agua corría sobre mi piel, el mal sabor del momento con mi padre seguía atormentándome, como un eco persistente en mi mente. Me acosté en la cama, tratando de despejar mi c