Después de un rato, el silencio se volvió absoluto. Una inquietud helada se apoderó de mí al pensar que algo podría haberle sucedido a Genoveva. Sin perder más tiempo, decidí bajar las escaleras. La casa estaba envuelta en una densa y extraña nebulosa, como si el aire mismo supiera que algo estaba terriblemente mal.
Recorrí cada habitación, una por una. Llamé, grité, pero nadie respondió. Revisé el despacho de mi papá, con la esperanza de encontrar alguna señal de vida, pero estaba tan vacío co