—Ya no hay pureza en mí, querido esposo —Lo que más lo enfureció fue que ella se le burló con descaro, mostrando una sonrisa desafiante que jamás había visto en su rostro.
La rabia nubló su mente mientras caminó hacia ella como un león enjaulado, con pasos pesados que hacían crujir la madera del piso.
La presionó de los brazos con fuerza desmedida y la giró bruscamente, haciendo que el cabello negro de Leyla se agitara en el aire.
—¿Qué has dicho? —había escuchado perfectamente bien lo que Le