Priscila agarró su cartera con determinación, sus dedos aferrándose firmemente a la suave piel del accesorio mientras sentía que la adrenalina comenzaba a circular por sus venas.
Había llegado a un punto donde la paciencia se había agotado por completo y la indignación superaba cualquier sentimiento de amor que alguna vez hubiera albergado.
Las circunstancias la habían empujado a tomar medidas drásticas; le haría una visita personalmente a su padre, puesto que, si dejaba pasar un tiempo más, un