Priscila observa con asombro y terror cómo el que cree es su esposo ha enviado a acabar con una familia entera. Sus pupilas se dilatan mientras su respiración se entrecorta ante las imágenes explícitas que tiene frente a ella.
Nunca había imaginado que el hombre con quien compartía su lecho, con quien había construido una vida, fuera capaz de orquestar tal masacre. Sabía que era un demonio, pero no el diablo.
Las fotografías muestran sin piedad los cuerpos inertes, la sangre derramada sobre el