Capítulo 33. El adiós.
Enzo miró a su hijo, decir que no le removió lo más profundo de sus entrañas sería mentir, casi nunca lloraba, en principio porque pensaba que era un signo de debilidad, con el tiempo se dio cuenta de que se trataba más de un símbolo de vulnerabilidad, y no quería mostrar ante nadie ninguna flaqueza, no era conveniente y menos cuando eres el puto jefe de todos los capos de la mafia y que día a día había centenares de personas conspirando en tu contra, pero ver a su hijo con el rostro bañado en