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Capítulo 4: Las grietas en el hielo

El eco de los tacones de Elena sobre el mármol del gran salón sonaba como disparos en el silencio sepulcral de la mansión. La adrenalina de la cena con Lord Kaelen se estaba evaporando, dejando en su lugar un frío agotamiento. Se detuvo frente a la inmensa escalinata, sintiendo la mirada de Dante clavada en su espalda como un peso físico.

—¿A dónde crees que vas? —La voz de Dante, baja y peligrosa, la detuvo en seco.

Elena no se giró. Sus hombros temblaban levemente.

—A mi habitación. O a mi celda, como prefieras llamarla. Ya hice mi parte. Engañé a ese hombre, sonreí como una muñeca y permití que me tocara la mano como si fuera de su propiedad. Mi trabajo terminó por hoy.

Oyó los pasos lentos de Dante acercándose. Eran pasos seguros, rítmicos, los de un hombre que nunca ha tenido que apresurarse porque el mundo siempre lo espera. Cuando estuvo a centímetros de ella, Elena pudo oler el aroma a whisky caro y a ese perfume amaderado que empezaba a asociar con el peligro.

—Te equivocas, ratoncita —susurró él cerca de su nuca. Elena cerró los ojos, luchando contra el escalofrío que recorrió su columna—. Tu trabajo termina cuando yo cierro los ojos. Y ahora mismo, estoy muy despierto.

Dante la tomó del hombro y la obligó a girarse. Su rostro estaba a escasos centímetros del de ella. Elena esperaba ver furia, pero encontró algo mucho más perturbador: una curiosidad oscura.

—¿Por qué me miras así? —preguntó ella, tratando de mantener la voz firme a pesar de que su corazón martilleaba contra sus costillas.

—Porque eres una mentirosa fascinante —respondió él, soltando su hombro para delinear con un dedo la línea de su mandíbula—. En la cena, por un momento, casi me creí que de verdad me amabas. Tienes un talento natural para el engaño, Elena. Me pregunto qué más escondes detrás de esa fachada de niña buena y sacrificada.

Elena apartó la cara con un movimiento brusco.

—No soy como tú. No disfruto con esto. Todo lo que hice fue para salvar a Lucas. Si no fuera por él, preferiría estar en la cárcel antes que pasar un segundo más bajo tu techo.

La mandíbula de Dante se tensó. El aire entre ambos pareció electrificarse. Sin previo aviso, él la tomó de la cintura y la atrajo hacia su cuerpo con una fuerza que le quitó el aliento. Elena soltó un pequeño grito de sorpresa, sus manos chocando contra el pecho firme de él.

—¿Ah, sí? —la voz de Dante era un gruñido—. ¿Prefieres una celda fría a esta seda? ¿Prefieres a los guardias de la prisión a mi atención? Mírame a los ojos y dime que no sientes esto.

—No siento nada más que asco —mintió ella, aunque sus dedos se cerraron inconscientemente sobre la tela de su camisa.

Dante soltó una carcajada seca, carente de humor.

—Mientes. Tu cuerpo te delata. Tu pulso está acelerado y tus pupilas están dilatadas. Puedes odiarme con la mente, Elena, pero tu instinto sabe quién es el alfa en esta casa.

Él la soltó tan de repente que ella tuvo que sostenerse de la barandilla para no caer. Dante comenzó a subir las escaleras, dándole la espalda.

—Quítate ese vestido. Te espero en mi despacho en diez minutos. Tenemos que revisar los términos de tu "comportamiento" de mañana. Y Elena... —se detuvo en el primer descanso y la miró por encima del hombro—, no me hagas ir a buscarte. No te gustaría verme impaciente.

Elena se quedó sola en el salón, con las mejillas ardiendo y las manos temblorosas. Subió a su habitación y, al mirarse en el espejo, odió ver que Dante tenía razón: sus ojos brillaban con una intensidad desconocida y su pecho subía y bajaba con agitación.

Se desvistió con movimientos torpes, dejando el costoso vestido negro en el suelo como si fuera una piel de la que quería despojarse. Se puso una bata de seda blanca, mucho más reveladora de lo que le gustaría, y caminó hacia el despacho de Dante.

La puerta estaba entreabierta. Al entrar, lo vio sentado tras su escritorio de ébano, bañado solo por la luz de una lámpara de pie. Tenía un vaso de cristal en la mano y la mirada perdida en los ventanales que daban a la ciudad. Parecía... humano. Por un segundo, la armadura de monstruo se había agrietado.

Pero en cuanto notó su presencia, el hielo regresó a sus ojos.

—Siéntate —ordenó, señalando la silla frente a él.

Elena obedeció, cruzando las piernas y tratando de cubrirse lo mejor posible con la bata.

—Mañana iremos a la empresa —dijo Dante, deslizando un sobre hacia ella—. No como limpiadora, sino como mi asistente personal. Todos deben creer que nuestra relación es real. Eso incluye a la prensa.

—¿Por qué tanto esfuerzo por una mentira? —preguntó ella, abriendo el sobre. Contenía una tarjeta de crédito negra y un teléfono de última generación—. Tienes poder, dinero... ¿por qué necesitas una prometida falsa?

Dante bebió el último trago de su whisky y dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco.

—Porque mi abuelo dejó una cláusula en el testamento de la compañía. O me caso antes de los treinta, o pierdo el control mayoritario ante mi primo, un hombre que destruiría todo lo que he construido en una semana. Me quedan tres meses, Elena. Y tú eres la solución más barata y controlable que he encontrado.

Elena sintió una punzada de amargura. Era una herramienta comercial. Nada más.

—¿Y si me niego a seguir con la farsa en público?

Dante se inclinó sobre el escritorio, su rostro iluminado por la luz ámbar de la lámpara.

—Entonces Lucas recibirá una visita de mis cobradores. Y te aseguro que no serán tan pacientes como yo.

Él se levantó y caminó hacia ella. Elena se tensó, pero él solo pasó por su lado hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.

—Mañana a las siete abajo. No llegues tarde. Y Elena... —hizo una pausa—, duerme bien. Mañana empieza tu verdadera pesadilla.

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