Mundo ficciónIniciar sesiónLa oficina de Dante en la Torre Volkov no se parecía en nada a su despacho en la mansión. Aquí, el aire era gélido y las paredes de cristal mostraban una ciudad que parecía rendirse a sus pies. Elena estaba sentada en un sofá de cuero, fingiendo revisar unos documentos, mientras observaba a Dante de reojo.
Él no había parado de trabajar desde las siete de la mañana. Había despedido a dos ejecutivos y cerrado un trato millonario con Singapur sin siquiera parpadear. Su eficiencia era inhumana, mecánica. —¿Vas a seguir analizándome como si fuera un espécimen de laboratorio o vas a terminar de organizar esa agenda? —preguntó Dante sin levantar la vista de su monitor. Elena se sobresaltó. —Es difícil concentrarse cuando tratas a tus empleados como si fueran basura. ¿Siempre has sido así de... frío? Dante se detuvo. Sus dedos largos y fuertes quedaron suspendidos sobre el teclado. Lentamente, giró su silla para enfrentarla. El sol de la tarde entraba con fuerza, iluminando una cicatriz casi invisible que recorría su sien hasta el nacimiento del cabello. —La calidez es un lujo que solo los que no tienen nada que perder pueden permitirse, Elena. —Eso es una excusa —replicó ella, poniéndose de pie. La valentía le nacía del cansancio—. Tienes todo. Dinero, poder, respeto. Podrías ser un hombre justo, pero eliges ser un tirano. ¿Qué te pasó para que prefieras que te teman antes de que te quieran? Dante se levantó. El ambiente en la oficina cambió instantáneamente; la presión atmosférica pareció caer. Caminó hacia ella con esa elegancia depredadora y se detuvo frente a un cuadro abstracto de colores rojos y negros que colgaba en la pared principal. —¿Ves esto? —preguntó él, señalando la pintura—. Mi madre la pintó. Ella era como tú. Creía en la bondad, en el perdón, en que el amor podía ablandar incluso el corazón de un Volkov. Elena se acercó, intrigada por el tono inusualmente bajo de su voz. —¿Y qué le pasó? —Mi padre le enseñó que estaba equivocada —dijo Dante, y por primera vez, Elena vio una grieta de dolor real en sus ojos de hielo—. La destruyó pieza a pieza. La convirtió en una sombra que terminó quitándose la vida en esta misma torre porque no pudo soportar el peso de su propia vulnerabilidad. Yo tenía diez años cuando la encontré. Elena ahogó un grito, llevándose las manos a la boca. La imagen de un pequeño Dante frente a esa tragedia la golpeó con una fuerza inesperada. —Mi padre se acercó a mí mientras yo lloraba sobre su cuerpo —continuó él, con una voz que sonaba a metal raspando piedra—. No me abrazó. Me dio una bofetada y me dijo que las lágrimas eran para los débiles y que los Volkov no nacimos para amar, sino para poseer. Ese día quemé todos sus cuadros. Excepto este. Para recordarme cada mañana qué sucede cuando dejas que alguien entre en tu guardia. Elena sintió que el odio que le tenía a Dante se mezclaba con una compasión amarga. El hombre frente a ella no nació monstruo; fue forjado en un yunque de crueldad. —Dante... yo no sabía. —No necesito tu lástima —la cortó él, recuperando su máscara de hierro en un segundo—. Te cuento esto para que entiendas por qué este contrato es perfecto. Tú necesitas dinero, yo necesito una esposa de papel. No hay sentimientos, no hay debilidades. No seré mi padre, Elena, porque no te daré la oportunidad de amarme. Solo de obedecerme. Él se acercó tanto que ella pudo sentir el calor de su aliento. Elena retrocedió hasta que su espalda chocó contra el ventanal. Estaba atrapada entre el cristal y el hombre más peligroso que había conocido. —¿Y si yo no quiero obedecer? —desafió ella, aunque su voz temblaba. Dante rodeó su cuello con una mano, sin apretar, solo dejando sentir el peso de su posesión. Su pulgar acarició su mandíbula con una suavidad que daba más miedo que su furia. —Entonces aprenderás que algunas jaulas no tienen barrotes, sino promesas. Y tú me prometiste tu vida a cambio de la de tu hermano. El teléfono de la oficina sonó, rompiendo el hechizo. Dante se alejó como si nada hubiera pasado, volviendo a ser el CEO implacable. —Es Kaelen. Quiere que asistamos a una gala benéfica esta noche. Prepárate. Esta vez, la farsa tiene que ser perfecta. Si alguien duda de que estamos locos el uno por el otro, el trato se cae. Y si el trato se cae... Lucas paga las consecuencias. Elena se quedó allí, mirando la ciudad a través del cristal. Ahora entendía al monstruo, pero eso solo lo hacía más peligroso. Porque una parte de ella, una parte que odiaba admitir, quería enseñarle que no todos los abrazos destruyen.






