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Capítulo 3: La Máscara de la Prometida

Elena se miró en el espejo, el vestido de seda negra se ceñía a sus curvas de una forma que nunca antes había experimentado. Era descarado, elegante y completamente ajeno a la Elena que limpiaba oficinas a medianoche. Había intentado arreglarse el cabello en una coleta alta, pero unos rizos rebeldes se escapaban, enmarcando su rostro. La chica del espejo parecía una extraña. Una extraña que se sentía atrapada.

Un golpe seco en la puerta la hizo sobresaltar. Era Dante. Vestía un impecable traje oscuro que lo hacía parecer aún más imponente, casi letal. Su mirada recorrió el vestido y se detuvo en los ojos asustados de Elena.

—Perfecta —dijo, su voz carente de emoción—. Ahora, escúchame bien. Tenemos un invitado. Lord Kaelen, de la rama europea. Es un hombre... particular. No hables a menos que te dirija la palabra. Sonríe, asiente y, sobre todo, no lo mires directamente a los ojos.

—¿Lord Kaelen? —preguntó Elena, sintiendo un nudo en el estómago. Había escuchado rumores sobre él; se decía que su negocio de "importaciones" estaba manchado de sangre.

—Para esta noche, eres mi prometida, Elena —Dante se acercó y le ofreció su brazo. Su toque era frío, posesivo—. Mi dulce y sumisa prometida. Cualquier desliz, y las consecuencias no serán agradables. Ni para ti, ni para tu hermano.

Elena tragó saliva y enlazó su brazo con el de él, sintiendo la dureza de su músculo bajo la seda de la chaqueta. Era como si se estuviera encadenando a un demonio.

Bajaron por la gran escalera de mármol hacia un comedor deslumbrante. En la cabecera de la mesa, un hombre de mediana edad, con una cicatriz cruzándole la ceja y una sonrisa que no inspiraba confianza, se puso de pie al verlos.

—Dante, mi querido amigo —Lord Kaelen extendió una mano con anillos pesados—. Y esta debe ser la belleza de la que tanto hablas.

Dante apretó el brazo de Elena.

—Kaelen, te presento a mi prometida, Elena Paz.

Elena forzó una sonrisa, sintiendo la mirada de Kaelen como un escalpelo. Los ojos del Lord eran dos puntos de hielo observándola, analizándola.

—Un placer, Lord Kaelen —logró decir, su voz sonando extrañamente alta en el vasto comedor.

—El placer es mío, querida. Dante tiene buen gusto, siempre lo he dicho —Kaelen se acercó y tomó la mano de Elena, levantándola hacia sus labios. La besó con una lentitud que la hizo sentir profanada. Su mirada se encontró con la de Dante por un instante. Había un desafío silencioso entre los dos hombres.

La cena transcurrió en una agonía lenta. Kaelen hablaba de negocios turbios, de cargamentos que "desaparecían" y de "problemas" que requerían soluciones permanentes. Elena sentía náuseas, pero mantenía la sonrisa, asintiendo en los momentos adecuados, sintiendo el agarre de Dante bajo la mesa, recordándole su papel.

En un momento, Kaelen le preguntó directamente: —¿Y tú, Elena? ¿Qué opina una mujer tan hermosa sobre la lealtad en los negocios?

Elena sintió que el corazón se le salía del pecho. Miró a Dante, quien mantenía su rostro impasible, pero ella sintió la presión en su muslo bajo la mesa.

—La lealtad... es el pilar de todo —dijo, intentando sonar convincente—. Sin ella, todo se desmorona. Es esencial... para la confianza.

Kaelen sonrió, un brillo inquietante en sus ojos.

—Una respuesta sabia, mi querida. Parece que Dante te ha enseñado bien.

La cena terminó tarde. Cuando Kaelen finalmente se despidió, lanzando una última mirada a Elena, ella sintió que podía respirar de nuevo. Se desplomó en una silla, el cansancio y el terror acumulados pesándole en los hombros.

Dante se acercó a ella, su rostro una máscara de satisfacción.

—Lo hiciste bien.

—¿"Bien"? —Elena se levantó de golpe—. ¡Me sentí como un objeto! ¡Como un maldito trofeo!

Dante la tomó del mentón, forzándola a mirarlo.

—Eso es exactamente lo que eres aquí, Elena. Mi trofeo. Y te guste o no, me ayudaste a cerrar el trato. Pero recuerda: esto es solo el principio.

El brillo en sus ojos prometía que su tormento apenas comenzaba

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