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Capítulo 2: La Jaula de Cristal

El trayecto hacia la mansión fue un funeral en vida. Elena iba en el asiento trasero del Mercedes blindado, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. A su lado, Dante Volkov revisaba documentos en una tableta, ignorándola como si ella fuera un mueble más que acababa de adquirir en una subasta.

Cuando los inmensos portones de hierro se abrieron, Elena contuvo el aliento. La propiedad era una fortaleza de cristal y hormigón situada en lo alto de una colina, aislada del resto del mundo.

—Bájate —ordenó Dante sin mirarla cuando el auto se detuvo.

Elena obedeció. El aire de la noche era frío, pero la mirada que Dante le lanzó al salir fue glacial. Él caminó hacia la entrada y ella lo siguió, sintiendo que cada paso la alejaba más de su libertad.

El interior era minimalista, lujoso y aterradoramente vacío.

—Escucha bien, Elena —Dante se detuvo en seco en medio del gran salón y se giró. La luz de la luna entraba por los ventanales, acentuando los ángulos duros de su rostro—. En esta casa no hay personal de servicio después de las seis de la tarde. Solo estamos tú, yo y mi equipo de seguridad exterior.

—¿Por qué? —susurró ella, su voz apenas un hilo.

—Porque no me gusta que me observen. Y porque lo que sucede entre estas paredes no es asunto de nadie más que mío.

Dante se acercó a ella, invadiendo su espacio personal hasta que Elena sintió el calor que emanaba de su cuerpo. Él extendió una mano y, con un movimiento lento, le quitó el coletero, dejando que su cabello oscuro cayera sobre sus hombros.

—Tu primera regla: Nunca cierres con llave ninguna puerta. Ni la del baño, ni la de tu habitación.

Elena sintió un escalofrío.

—Señor Volkov, usted dijo que venía a trabajar...

—Y trabajarás —la interrumpió él con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Serás mi sombra. Me servirás el café, organizarás mi agenda personal y estarás presente en mis cenas de negocios. Pero sobre todo, estarás disponible cada vez que yo decida que necesito tu presencia.

Él sacó un pequeño dispositivo del bolsillo y presionó un botón. Una de las paredes del salón se deslizó, revelando una habitación pequeña pero exquisitamente decorada, conectada directamente al despacho de Dante.

—Esta es tu celda de oro. Tienes diez minutos para lavarte la cara y quitarte ese uniforme de limpieza. Hay ropa en el armario. Te espero en el comedor para la cena.

—No tengo hambre —replicó ella, intentando recuperar un poco de dignidad.

Dante la tomó del brazo, no con fuerza suficiente para lastimarla, pero sí para dejar claro quién mandaba. Su pulgar presionó el pulso acelerado en la muñeca de Elena.

—Aquí no se trata de lo que tú quieras, sino de lo que yo ordeno. Si no estás en la mesa en diez minutos, llamaré a mis hombres y les diré que dejen de vigilar la casa de tu hermano. ¿Entendido?

Elena asintió, con los ojos empañados. Dante soltó su brazo y se alejó, dejándola sola en la inmensidad de la mansión.

Cuando entró en la habitación y abrió el armario, el corazón le dio un vuelco. No había uniformes. Solo había vestidos de seda, lencería de encaje y tacones de diseñador. Todos de su talla.

Él ya lo tenía todo planeado. No la había elegido por accidente; la había estado cazando.

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