—Ahora mismo, señor.
Ares solo acomodó el celular en la mesa. El lugar estaba vacío; después de todo, casi eran las siete de la mañana, pero ese día, sin duda, había empezado como ningún otro en los últimos diez años de su vida. Y cuando se encontró con ella, con su mirada luminosa y su dulce sonrisa, comprendió que ella era la responsable de lo mismo.
Antes de tomar su lugar, Melissa lo rodeó de nuevo por la espalda, cómoda de sus roces y cercanía, le dejó un beso en la mejilla quemada, sentán