Esa risa fue, una vez más, el mejor premio para Ares Ravage, que recibió a su emocionada esposa en sus brazos cuando Melissa lo buscó tras ver el helicóptero en un encantador rojo borgoña. La joven daba brinquitos frente a él, para pronto cubrirse la boca y entonces lo notó.
—¡Combina con mis uñas!
—Lo hace, colibrí. Ven, vamos a perseguir el amanecer.
—¡Es el mejor paseo del mundo! —gritó encantada, acercándose de nuevo a él. De puntillas, se colgó de su cuello y le dejó muchos besitos en el r