Capitulo 102

Los dedos continuaron ágiles; con una mano sostenía las muñecas de ella tras su espalda, su boca enviaba caos y sensibilidad a sus senos apresados, la bala seguía hundida en su interior, y el dorado para Melissa fue luminoso, caótico, sensible. Apretó la bala entre los músculos vaginales cuando sintió cómo una gota se deslizaba por su pierna hasta los pies.

—Dios, Ares, ¡cuatro, cuatro! —mordió sus labios—. Dos millones... Dios... dos millones...

Él besó su abdomen, pero tomándola de la nuca la
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