El pasillo del hospital era un torbellino de voces, pasos y órdenes médicas que se mezclaban con el sonido de los monitores y las ruedas de la camilla sobre el piso. Natalia apenas entendía las palabras técnicas, pero no necesitaba hacerlo. Su mirada estaba clavada en Alessandro.
Le tomó la mano, fría y temblorosa.
—Quédate conmigo —susurró con voz quebrada—. Nunca te dejaré ir.
Cuando por fin llegaron a la sala de operaciones, un enfermero se interpuso entre ella y la puerta.
—No puede entrar,