Natalia se hundió en la butaca con el rostro desencajado; la tristeza le pesaba en el pecho porque no le había creído a su marido. Recordó, con cada palabra como un golpe, su confesión:
—Yo no me acosté con Anabella esa noche —dijo él, apretando la mano que sostenía como si buscara anclarla—. Ella me drogó. Ahora lo entiendo todo: quería que me acostara con ella para que ese niño pareciera mío. Yo me negué a… a follármela. ¿Sabes por qué? —Su voz se quebró un segundo; la mira era una súplica—.