Natalia soltó una carcajada y sintió cómo se le aflojaba un nudo que no sabía que tenía.
—Está bien, nos vemos el sábado. Cuídate.
—Tú cuídate, mi niña.
Colgó. Se quedó un instante mirando el móvil, como si en la pantalla la calidez de la voz de Rosa aún flotara en el aire, y luego se dirigió al estudio, donde el silencio la esperaba como un respiro.
Se descalzó con alivio y lanzó los tacones a un rincón. Se enfundó la bata blanca manchada de pintura que colgaba del perchero, y el olor a óleo