Natalia estaba frustrada. Por más que intentaba llevar la fiesta en paz con Alessandro, él insistía en comportarse como un bruto autoritario. Aquella tarde, mientras paseaba cabizbaja por el jardín, Ofelia notó su semblante y se acercó, secándose las manos en el delantal.
—¿Qué le pasa a la mia bambina? —preguntó con ternura, inclinando ligeramente la cabeza.
—Estoy harta de todo esto… —respondió Natalia, dejando escapar un suspiro cargado de rabia—. De este encierro, de Alessandro y de su mane