Pasaron los días sin que Natalia y Alessandro volvieran a cruzarse.
Ella, decidida a no desperdiciar aquel tiempo libre, lo dedicó a familiarizarse con cada rincón de la imponente villa. Por las mañanas solía recorrer los jardines a pie, dejándose envolver por el aroma de los rosales y el murmullo de las fuentes; otras veces conducía uno de los pequeños carros rústicos hasta los límites de la propiedad. Visitó los extensos viñedos y, fascinada, descubrió las bodegas donde se almacenaban los vin