La niebla del amanecer alpino lamía los cristales de la residencia de las colinas de Dolder con una frialdad implacable. En el salón, el fuego de la chimenea terminó de consumirse, dejando solo un rastro de ceniza blanca que caía sobre el suelo de parqué, un reflejo perfecto del linaje que acabábamos de desenterrar. Constantino el Viejo permanecía en su sillón, mirándonos con la superioridad cínica de quien sabe que nos ha puesto una soga al cuello disfrazada de mapa del tesoro. El Banco Nacion