El rugido de los neumáticos blindados contra la nieve helada de la carretera alpina era el único sonido que competía con el zumbido de los servidores portátiles en la parte trasera del furgón. Habíamos dejado atrás la plaza financiera de Zúrich envuelta en el caos de un apagón digital y el pánico de un asalto que las autoridades suizas tardarían días en comprender. En mi regazo, envuelta en un paño de terciopelo oscuro, descansaba la tiara de los Vatatzes. El platino y las esmeraldas reflejaban