Atenas se despertaba envuelta en una calima espesa, un aire pesado que parecía presagiar la tormenta que se gestaba en el horizonte político tras el regreso triunfal de Mavros. Sin embargo, dentro de los muros de la mansión, el ambiente era de una calma forzada, una paz de seda que ocultaba las grietas de mi propio cuerpo. Me encontraba en la biblioteca, revisando los últimos informes financieros sobre la caída de las acciones de los Van der Bilt —mi pequeña obra maestra de venganza—, cuando se