El cielo de los Países Bajos era un lienzo gris y monótono, una bofetada de realidad fría comparada con el azul eléctrico de mi Atenas. Pero yo no había venido a La Haya como una suplicante, ni como la esposa afligida de un prisionero internacional. Había aterrizado en mi jet privado, escoltada por una flota de abogados de tres continentes y un destacamento de seguridad que hacía que la policía holandesa mantuviera una distancia prudencial. A mis diecinueve semanas, mi embarazo era mi estandart