El zumbido del ascensor hidráulico descendiendo hacia las entrañas del buque hospital se sintió como el veredicto de una guillotina silenciosa. Las paredes de acero inoxidable de la cabina reflejaban la claridad clínica y desalmada de una sala de autopsias, borrando el último rastro del resplandor violeta con el que Byzantium había gobernado nuestras vidas en Kythira. El olor a desinfectante industrial, anestesia y metal quirúrgico se incrustaba en mis pulmones con la densidad de una condena. L