El tren de aterrizaje del helicóptero golpeó la teca pulida del megayate de bandera negra con un crujido sordo que hizo vibrar el titanio del fuselaje herido. Las palas del rotor principal, torcidas y melladas por la metralla de la explosión aérea, giraron por inercia un par de veces más, barriendo la niebla del canal de Corfú con un silbido agónico antes de detenerse por completo. La cabina quedó sumida en un silencio denso, interrumpido únicamente por el goteo de fluido hidráulico sobre la cu