El tic-tac del temporizador biológico que emanaba del diamante negro en mi cuello vibraba contra mi laringe con la regularidad de una aguja de coser perforando la carne. En las pantallas del búnker del ala norte, el blanco puro de la interfaz de Byzantium arrojaba un resplandor fantasmal sobre el rostro de mi madre, lavando las arrugas que el tiempo en el invierno de Odesa debió haberle otorgado y dejándola ante mí como el espectro inmaculado de la traición original. Katarina Vatatzes seguía me