El amanecer jónico irrumpió a través de las compuertas abiertas del ala norte con la crudeza de una iluminación quirúrgica. La brisa del mar, fría y cargada de una humedad salina que calaba hasta los huesos, barrió el polvo de mármol del búnker, disipando el olor a ozono que mi daga de obsidiana había dejado al fracturar el conector de la tiara. Las pantallas de Byzantium continuaban proyectando esa estática de caracteres inversos, un código ciego que reflejaba el limbo en el que acababa de cae