El refugio de Mavros en las montañas de Parnaso no era una mansión de cristal y mármol como la de Atenas. Era una fortaleza de piedra antigua y madera oscura, escondida entre los abetos y la niebla, donde el único sonido era el silbido del viento y el crujido de la leña en la chimenea. Tras el caos en el garaje y la ruptura definitiva con su madre, Mavros me había subido al coche sin decir una palabra, conduciendo durante horas por carreteras serpenteantes hasta que la civilización desapareció.