El sueño me atrapó como un manto pesado, pero no fue un descanso reparador. Fue una vigilia de sombras donde el rostro de Mavros se mezclaba con el brillo de los diamantes y el olor a pólvora. Me desperté sobresaltada, con el corazón martilleando contra mis costillas, envuelta en las sábanas de seda que ahora se sentían como una mortaja. El silencio de la mansión de Atenas era antinatural, una calma que precedía a la carnicería.
Me levanté y caminé hacia el tocador. Mis manos vendadas ya no ard