El zumbido de las pantallas parpadeando en rojo dentro del Gran Salón del Palacio de Festivales era el único sonido que se atrevía a quebrar el silencio de tumba que se había apoderado de las doce familias del Consejo General. Don Li Fonti permanecía estático en su asiento presidencial, con el mazo de marfil suspendido en el aire y la boca ligeramente abierta, un reflejo perfecto del pánico que el clan de Marsella intentaba ocultar tras sus trajes de lino y sus cuentas en el extranjero. No espe